De Anfield al Espíritu Lyon: así comenzó nuestro camino a la Decimoquinta
Primera Entrega
PERSONALDEPORTE


Podría decir que todo empezó con nuestra pasión por el Madrid desde niños o en nuestros primeros pasos en la cantera, pero no. La historia de la Decimoquinta, al menos para nosotros, comenzó en 2009 con un sorteo de entradas.
Por aquella época teníamos dos carnets de socios y nos apuntamos al sorteo para el partido de vuelta de octavos de Champions en Anfield, contra el Liverpool. La idea era simple: si nos tocaba alguna de las 3.000 entradas, revendíamos los carnets en el Bernabéu a algún aficionado inglés y con ese dinero viajábamos a Inglaterra. Y así fue: nos plantamos en Liverpool.
El resultado fue un durísimo 4-0 contra el equipo de Benítez, con Arbeloa, Torres, Xabi Alonso y Gerrard sobre el césped. Antes de empezar, con el You’ll Never Walk Alone sonando en el estadio, ya nos habían metido el primer gol con el alma. Fue un golpe, sí, pero también el inicio de algo más grande: nuestro viaje particular hacia la Decimoquinta.
Después vinieron más aventuras. El Milán en San Siro (1-1), ya con Mourinho en el banquillo y con mi hermano Jose, “el Machaca”, apuntándose a su primer viaje. Aquello fue una paliza en vuelo chárter, ida y vuelta en el mismo día, pero valió la pena.
En 2010 llegó nuestra odisea a Lyon: trece horas en coche con sorpresa incluida de encontrarnos con Zidane en una esquina mientras estirábamos las piernas al llegar. Ese día nació lo que llamaríamos para siempre el “Espíritu Lyon”, acompañados de Chinche y Rufo. Llevábamos unas entradas de más con la idea de sacar un extra, pero casi nos las comemos; conseguimos venderlas a última hora, al mismo precio que marcaban.
Ese mismo año conocimos los coffeeshops de Ámsterdam, y entre risas infinitas nos dimos cuenta de que lo importante de cada viaje no era solo el fútbol, sino también todo lo que pasaba alrededor: la amistad, la improvisación, el disfrute del camino.
En 2012 nos lanzamos a Moscú en pleno febrero. Una semana antes estaban a -20°, aunque a nosotros “nos hizo bueno”: -6°/-7°. Del aeropuerto al hotel fuimos en un taxi perteneciente a alguna mafia rusa (gracias a la recomendación de Rufo porque “era más barato”), y hubo un momento en que pensé que no lo contábamos. Entre compras de matrioskas a precio de oro —menos mal que el Machaca se dio cuenta a tiempo— y entradas que no querían abrir los tornos hasta el séptimo intento, salimos de aquella vivos, con otra historia para sumar al camino.
Con cada anécdota, lo que estábamos construyendo era mucho más que un historial de viajes. Era un aprendizaje constante: que el viaje es tan importante como el destino, que los tropiezos también forman parte de la experiencia y que lo que queda para siempre son las personas con las que compartes la aventura.
Y en realidad, ese mismo espíritu es el que hoy nos mueve en LAC BIKE. Porque cuando pedaleamos por el Valle del Lozoya, buscamos revivir esa emoción de estar en un camino que no sabes del todo cómo acabará, pero que seguro te dejará recuerdos únicos. Cada ruta, cada subida y cada pausa en el camino tienen algo de aquellos viajes europeos: la ilusión de empezar, la incertidumbre del resultado y la certeza de que lo importante no es solo llegar, sino vivirlo juntos.
Así nació nuestro particular “Espíritu Lyon”, y así entendemos también el espíritu LAC BIKE: pedalear, descubrir y conectar con el camino, con el entorno y con quienes lo comparten contigo.
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